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mitos de mexico colonial

Causa de muerte (tradición otomí).

La tradición otomí supone dos causas de muerte: la natural y la sobrenatural. La primera obedece a alguna enfermedad, mientras que la segunda es causada por una caída a un río, a un pozo, a quemarse en fuego o a ser asesinado con algún objeto o arma punzocortante.

Sin embargo, la muerte sobrenatural en los adultos también supone obedecer a brujería realizada a través de individuos que sabían hacer daño. Estos brujos podían ser hombres o mujeres. En los recién nacidos, una muerte sobrenatural se debía al famoso “chupete de la bruja”, el cual, generalmente, se ensañaba con los neonatos sin bautizar. También se tenía conocimiento de otro tipo de muerte sobrenatural provocada por el nagual, que, de acuerdo con el mito, se transformaba en algún animal, que podía ser lagartija, guajolote, perro, etc., para conseguir su fin: alimentarse.

En aquellos tiempos se acostumbraba contrarrestar los efectos de estos seres malignos colocando en lugares estratégicos de la vivienda y cerca de la cabecera del infante agua bendita y oraciones impresas, objetos que muchas veces resultaban insufucientes para detener la acción.

Cuando los clérigos se dieron cuenta de esta situación , intentaron convencer a los indígenas de que la muerte no era provocada por una bruja, sino que más bien era un designio del Señor, interponiendo con esto el pensamiento cristiano de decir que quien se porte bien en este mundo alcanzará el trono de La justicia.

Ante la incertidumbre, los otomíes aceptaron la creencia de que las almas buenas se iban al cielo, mientras que las que habían pecado tanto en pensamiento como en acción, librarían batallas en el infierno. Sin embargo, eso no ayudó a que las muertes de los recién nacidos cesaran, por lo que en la población persistía la idea de que siendo niños cómo era posible que pudieran tener pecados, así que con tanta contradicción perduró el mito de las muertes a causa de las brujas.

El mito de la Sallana.

El mito de la Sallana nació precisamente en la época colonial. Se dice que era una mujer aristócrata de la ciudad de Villavicencio. La mujer siempre prestaba atención a lo que la gente decía, pues solía vivir del qué dirán. Cierta ocasión llegó hasta sus oídos la terrible noticia de que su esposo la traicionaba con su mamá.

La mujer se dejó llevar por los celos, y lejos de aclarar la posible infidelidad, descuartizó a su hijo, decapitó a su marido y le dio varias puñaladas a su madre, dejándola en agonía.

Cuando volvió en sí, prendió fuego a la casa, porque deseaba borrar toda huella de sospecha. Su madre, quien todavía estaba con vida, le dijo con su último aliento:

“Tu nombre será Sallana, y vagarás por los llanos asustando borrachos y chismosas.”

A partir de ese entonces, se cuenta que una mujer hermosa se les aparece a los ebrios asustándolos con su risa macabra. Cubre su cuerpo con un abrigo negro y es precisamente ésta su forma de atraerlos; cuando logra acaparar su atención, abre su abrigo dejando mostrar la calavera verdosa que esconde ahí.

La Sallana es una mujer perversa que busca enmendar todo el mal que hizo. También persigue a las mujeres chismosas, pues fueron éstas las causantes de los celos que la llevaron a su desgracia.

 

El hombre lobo.

México no estuvo exento del mito del hombre lobo; aquel siniestro ser que a los rayos de la luna llena tomaba forma peluda para salir a alimentarse. Ese mito fue una versión traída del Viejo Continente, en donde se creía que estos “animales” obtenían su comida de los cuerpos tiernos de los bebés.

Se decía que los lobos sólo atacaban por hambre, siendo el Diablo quien les daba un supuesto cinturón mágico con el que podían cambiar de forma, adoptando la apariencia de un animal asesino. Luego se creyó que los hombres lobo servían como esclavos a las supuestas brujas, pero la verdad es que nunca se les pudo ver juntos.

Una de las leyendas más interesantes con respecto a los hombres lobo en la Colonia, es la de un campesino, quien cortó la pata a uno de estos seres, echándola en el saco que llevaba consigo. Mas tarde se la mostró a su familia, pero al hacerlo, descubrió que se trataba de una mano, motivo por el que fue sentenciado a muerte, sin darle la oportunidad de defenderse.

Él mencionó en varias ocasiones que le había cortado la pata a un lobo y no a un humano, pero obviamente nadie le creyó, sólo su familia que por muchos días subieron a la sierra con la esperanza de encontrar al hombre que le faltara una mano, algo que nunca sucedió.

Más tarde se creía que eran los brujos quienes tomaban forma de lobo, habiendo aquí una confusión, pues a ellos se les atribuía el poder de convertirse en cualquier animal, lo que comúnmente recibe el nombre de “nagual”, que era muy común en las tierras mexicanas, por lo que confundirlos no vendría siendo lo más apropiado. Pero siguiendo esta versión: dichos brujos tomaban esa forma para acudir a sus aquelarres (reuniones para invocar al diablo), atacando a todo aquel que se les cruzaba en su camino.

Como quiera que sea, en la época de la Colonia fueron muchos los juicios que se llevaron a cabo condenando a las personas que se suponía cambiaban de forma, llámese nagual u hombre lobo. Y poco tiempo después nacieron algunas otras versiones refiriéndose al mismo mito.

Se cuenta que el mítico ser obtenía sus poderes de un brujo del bosque, quien le ofrecía una piel de lobo y un ungüento especial con el que se les podía pegar el nuevo atuendo. La piel se solía guardar en un rincón oscuro durante el día, y en las noches de luna llena se sacaba para poder convertirse y alimentarse. De acuerdo con la leyenda, los hombres lobo no saciaban su hambre, por lo que debían salir en busca de carne cruda, de preferencia de bebés.

Pero además, estaban condenados a los infiernos, pues al perder sus pieles, perdían también su inmortalidad. Siendo el Diablo el único ser que se los podía llevar al otro mundo, pues de lo contrario quedarían como almas en pena. De ahí que generalmente se les identificara con el mundo de los muertos, y se creía que eran más activos durante las doce noches posteriores a la Navidad, cuando se supone que los muertos vagan por la Tierra.

Finalmente nació la versión que afirmaba que el séptimo varón de una familia se convertiría en un hombre lobo sediento de sangre y carne humana.

Mito del nagual.

En la época de la Colonia se creía que los brujos o hechiceros se convertían en animales para atacar tanto a personas como a similares. Los antiguos relatos se refieren a brujos con poderes sobrenaturales capaces de hacer llover, desunir matrimonios y hasta provocar muertes.

El nagual fue y será el más mítico de los seres mexicanos, aunque no se tienen datos de su aparición, pues ya cuando se consumó la conquista de la Nueva España se hablaba de los poderosos hechiceros capaces de tomar cualquier forma. Al principio los recién llegados creían que se trataba de una superstición, pero más tarde el miedo se apoderó de ellos también.

Los indígenas se aprovecharon del temor que estas crónicas causaban en los extranjeros para poder alimentarse, pues muchas de las leyendas afirman que curtían las pieles de los animales para colocárselas por la noche, pudiendo de esa manera escabullirse para conseguir un poco de comida, propiamente se diría robar, pero eran tantas las injusticias que no había más remedio que hacerlo.

Sin embargo, el mito iba más allá de lo que pensamos: se trataba de un don brindado por los antepasados. Ellos podían tomar la forma de perro, jaguar o puma, aunque al parecer sólo dañaban cuando algo ponía en peligro su identidad. Aun así, hubo muchas versiones en las que se aseguraba que los naguales atacaban poblados enteros, lo que sería posible considerando que siempre ha existido el bien y el mal; la brujería blanca y la negra; los dioses de la luz y los del inframundo, etcétera. Siendo imposible sin alguna prueba fehaciente poder pasar a los naguales a las leyendas, por lo que pensamos que pertenecen a los mitos. Después de todo y lo que sería una fortuna, ya no existen.

Los aluxes.

Cerca de las costas de Veracruz y en las espesas selvas de Yucatán y Chiapas se aparecían unos diminutos seres peludos, de anatomía extraña: eran los aluxes. Una especie de duendes oriundos de nuestro país y protagonistas de uno de los mitos más extraordinarios del folklore mexicano.

Sin rebasar el metro de estatura, estos hombrecitos de supuestas narices rojas y ojos rasgados, comenzaron a aparecerse desde los tiempos en que aquellas tierras gozaban de la sabiduría maya. Se cree que ellos fueron los primeros en poblar las selvas, permitiéndoles su estancia a la civilización que por primera vez utilizó el cero. Sin embargo, los aluxes poco intervinieron cuando llegaron los españoles, aunque algunas crónicas afirman que los misioneros escuchaban vocecitas provenientes de los árboles. Al principio creían que se trataba de indígenas, pero al parecer algunos fueron testigos de que no se trataba precisamente de personas, sino de seres extraños y de baja estatura.

Incluso se cree que ellos fueron los que los clasificaron como duendes, pues en sus tierras era muy común hablar de varias razas de esos seres, aunque ninguno con la descripción de los “peluditos” del Nuevo Continente.

El mito de los aluxes perdura hasta nuestros días, aunque hoy a los que habitan en Veracruz se les llama chaneques, siendo los primeros habitantes únicamente de Yucatán y Chiapas, donde resulta increíble mirar a las personas ofrecerles fruta y granos para su alimentación, ya que aseguran que son ellos quienes les ayudan a que sus cosechas se den en abundancia, tal y como lo hicieron algún día con nuestros antepasados.

El jorobado.

Corría el año de 1780 en la región tarasca de Michoacán. Por aquellos lugares había llegado el sacerdote jesuita mexicano Francisco Javier Clavijero, quien publicara más tarde su libro Historia antigua de México, en donde se contaba la historia de un itzcuintlipotzotli. En el libro se señala que era un animal grotesco semejante a un perro del tamaño de un terrier, con cola corta, una cabecita parecida a la de un lobo, prácticamente sin cuello, con extraña nariz bulbosa, piel casi lampiña y, lo más extraordinario de todo, una pronunciada joroba que se extendía desde el lomo hasta las ancas (patas).

Pero además de transcribir estas características, también incluyó un viejo dibujo realizado por él mismo, en donde aparecía el supuesto animal. Aquella vieja historia se había quedado en el olvido porque todos se negaban a creer que este cuasimodo canino fuera un perro, asegurando que más bien era una especie de roedor similar al cerdo de Guinea, pues todos los rasgos señalaban eso. Pero como todos los mitos, esto nunca se sabrá, ya que el animal, así como las versiones posteriores, pudo haber desaparecido.

El jorobado es un enigma que a diferencia del xoloescuintle no puede ser considerado como leyenda, aunque se asegure que en décadas pasadas se vio un ejemplar en una ranchería de Michoacán. Pero a juzgar por el dibujo de la crónica, no se puede descartar su posible existencia.

Omaxsaupitau.

Cuando se edificó la ciudad de la Nueva España, los españoles continuaron su labor de expandir su territorio, pues no satisfechos con lo obtenido, deseaban más riquezas para sí mismos y para la Corona.

Y haciendo un pequeño repaso en la geografía, el territorio mexicano comprendía lo que ahora es gran parte de los Estados Unidos, siendo éstas las tierras en donde nació el siguiente mito.

Los habitantes del lugar recorrían las montañas en busca de alimento, pues al ser tierras áridas en su mayoría, les era difícil conseguir lo suficiente para subsistir. Ellos conocían los peligros a los que se enfrentaban, pero los conquistadores no, motivo por el que uno de ellos fue sorprendido por una enorme sombra. Luego sintió cómo unas garras lo tomaban por su espalda. Cerró los ojos y cuando los abrió estaba en un nido situado en lo alto de los riscos; un ave se lo había llevado. Obviamente era demasiado grande el animal para poder realizar esta maniobra.

Nunca mencionó la forma en que se escapó, sólo dijo que era un ave horrible y de gran tamaño la que lo abandonó a su suerte en aquel desolado nido con tres pájaros gigantescos, pero no tanto como el que se lo había cargado. La gente le refirió que se trataba de un omaxsaupitau, un gigantesco pájaro-trueno con apariencia de águila, temido por los indígenas e indios del Norte.

Aseguraban que el animal robaba gente para alimentar a sus crías, lo que pudo ser comprobado por el español, quien aseguró que en el nido había huesos humanos. El relato es fantástico e imaginativo, a no ser porque en Norteamérica se habla de enormes aves de rapiña no identificables.

La mitología americana los da a conocer como pájaros-trueno porque, según el batir de sus alas se asocia con el sonido del trueno.

En la actualidad, por muy difícil que pueda resultar, en 1977, se habló en los Estados Unidos de unos enormes pájaros negros con apariencia de buitres. Tenían pico ganchudo, un anillo blanco en torno al cuello y alas que, según se calculó, medían más de tres metros. Este suceso desató gran polémica, porque había quienes aseguraban que ninguna ave podía cargar a un niño de 27 kilos, como se decía al hablar de que se llevaban a pequeños de 10 años; pero más tarde otras personas dijeron haber visto volando hacia el Sur a las mismas aves. Además, es comprobable que hace 8,000 años existían en Norteamérica aves de rapiña monstruosas conocidas como teratorns. Estas aves prehistóricas se asemejaban a los buitres, pero eran más activas que las pequeñas aves de rapiña que sus equivalentes modernas. Los fósiles encontrados a lo largo del Continente muestran que la especie más común tenía una envergadura de hasta cinco metros.

Estas deducciones podrían hacernos creer que efectivamente, en la época colonial se pudieron haber encontrado aves de este tipo, siendo también más fácil el escape de los extranjeros, ya que ellos traían consigo armas de fuego, objetos con los que no contaban ni los mexicanos ni los norteamericanos.

Cabras con garras.

Y continuando en el Norte, vayamos a este mito que sorprende a propios y extraños. En la época colonial se hablaba de un peculiar animal de pelaje blanco, que habitaba generalmente en lo que hoy es el estado de Texas, Estados Unidos. La bestia servía como mascota, pues al parecer era inofensiva.

La descripción oral nos refiere a una cabra del tamaño de un gato, con garras y cuernos de color rosado. Sí, sabemos que es increíble pensar siquiera que pudo existir semejante especie. Más tarde, en el año 1858, el abbé Emanuel Doménech informó haber visto un animal extraño en Fredericksburg, Texas. La bestia, como la llamó, era la mascota de una mujer india. El le ofreció un diamante a cambio de su extraño compañero, pero ella se negó argumentando que conocía el lugar donde se encontraban muchos animales como ése y prometió atrapar algunos, pero en cuanto el hombre la perdió de vista, la mujer se fue llevándose el secreto de las cabras con garras.

Abbe Emanuel describió detalladamente al fabuloso animal, dando muestras de que era el mismo que se domesticaba en la época colonial.

Onza, el gato de Colón.

Para referir el siguiente mito tendríamos que citar la carta que el descubridor Cristóbal Colón envió desde México a los reyes de España. En ella se describe a un sorprendente animal de la siguiente manera:

“Un hombre con una ballesta mató a una bestia semejante a un enorme gato, pero mucho más grande y con una cara como la de un hombre. La atravesó con una flecha, pero era tan fiera que tuvo que cortarle una pata anterior y una posterior. Cuando un jabalí vio a esta bestia, se le pusieron los pelos de punta. A pesar de que el enorme gato estaba moribundo, de inmediato atacó al jabalí; le rodeo el hocico con la cola y lo oprimió con fuerza. Con la pata delantera que le quedaba, lo estranguló.”

Casi 500 años después, un ranchero disparó a un gato muy poco común, que se asemejaba a un puma pero con la cara más plana, el cuerpo más perfilado y las patas particularmente largas. Aquel animal resultó ser un onza (animal salvaje reconocido durante siglos sólo por los campesinos mexicanos), siendo la descripción muy similar de la que Colón refirió siglos atrás.

La onza es un animal mítico poco común en la Colonia, pues al saberse muy salvajes, los fueron exterminando con armas de fuego; sin embargo, en la era prehispánica sí se pueden encontrar muchos relatos en donde se habla de animales salvajes de patas largas.

El mito de las almas

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